Arte refrescanteCuando la gastronomía alcanza otra dimensiónUn domingo al sol
La Fondazione Prada de Milán y la instalación de Carsten Höller; una bandeja de canapés inspirada en la obra de José María Yturralde; y una comida de verano en la casa de campo de Susana García Espinel, a las afueras de Madrid.
Por Johanna von Müller-Klingspor¡HOLA! Living, págs. 116-117

Arte refrescante
Mientras media Europa corre hacia la playa, yo acabo de descubrir una alternativa igual de refrescante: una visita a la maravillosa Fondazione Prada en Milán. Ubicada en una antigua destilería reinventada por OMA, la fundación es mucho más que un museo; es uno de esos lugares donde arquitectura, arte y diseño dialogan con una elegancia muy milanesa. Entre las obras que más me impresionaron está Upside Down Mushroom Room de Carsten Höller, una instalación inmersiva donde enormes hongos, suspendidos sobre nuestras cabezas, tienen un efecto tan desconcertante como fascinante, e invitan a mirar el mundo desde otra perspectiva. La programación actual mantiene ese espíritu experimental que caracteriza a la institución, con exposiciones dedicadas a artistas como Cao Fei, Mona Hatoum y Hito Steyerl. Pero tan memorable como las salas es la experiencia completa del lugar. Imprescindible hacer una pausa en el Bar Luce, diseñado por Wes Anderson, un escenario que parece sacado de una película italiana de los años sesenta.

Cuando la gastronomía alcanza otra dimensión
Siempre he pensado que la gastronomía y el arte hablan un lenguaje muy parecido: ambos buscan emocionar y contar historias. Recientemente, una obra de José María Yturralde me sirvió de inspiración para diseñar una bandeja de canapés para un evento, trasladando sus colores, formas y equilibrio visual al mundo gastronómico. Yturralde, una de las figuras más reconocidas de la abstracción geométrica española, ha dedicado su carrera a explorar la relación entre color, espacio y percepción. Sus composiciones demuestran cómo la armonía visual puede despertar emociones, algo que también buscamos quienes trabajamos con la gastronomía. Porque, en el fondo, cocinar también es crear. Una mesa puede convertirse en un lienzo donde quesos, embutidos, frutas y vegetales sustituyen a las pinturas para construir una obra efímera, destinada a ser contemplada primero y disfrutada después.
Quizás por eso la gastronomía es una de las formas de arte más especiales: se observa, se comparte y se saborea. A veces, una bandeja de canapés nace exactamente del mismo lugar que un cuadro: de la inspiración.

Un domingo al sol
A veces no hace falta viajar para sentir que estamos en otro lugar. Basta con una anfitriona inspirada, una mesa bonita y la compañía adecuada. Eso fue exactamente lo que ocurrió en casa de mi querida amiga Susana García Espinel, en el campo, a las afueras de Madrid. Aprovechando los días de calor, nos recibió entre olivos y cipreses con una escena digna de la Toscana: limones decorando las mesas, limonadas heladas esperando a los invitados y sombreros de paja preparados para combatir el sol. Todo respiraba ese dolce far niente tan italiano que invita a bajar el ritmo y disfrutar del momento. La comida, sin embargo, puso el acento en casa. Una magnífica paella reunió a todos alrededor de una mesa larguísima para los adultos, mientras los más jóvenes disfrutaban de un rincón más desenfadado, con cojines en el suelo y sombrillas creando pequeñas islas de sombra. Lo que más admiro de Susana es su capacidad para recibir. Aunque profesionalmente se dedica a la banca, bien podría dedicarse al mundo de la hospitalidad: no faltó un detalle, pero tampoco sobró artificio. Porque, al final, la verdadera elegancia del campo no está en la perfección, sino en la calidez. Y quizás esa sea la mejor lección del verano: con imaginación, cariño y una sonrisa sincera, se puede recrear cualquier rincón del mundo sin salir de casa.



